Mnemosyne Románica

Constelaciones y confluencias

ABY WARBURG (1866-1929) – A. KINGSLEY PORTER (1883-1933)

8. GENEALOGÍA Y SACRIFICIO: LA BELLEZA DE LA TRAGEDIA Y EL VELO DE TIMANTES

Tras la plegaria, el padre hace señal a sus hombres, que con todas sus fuerzas la incorporen postrada, tal como está con sus ropajes, y que encima del ara la coloquen, con el rostro inclinado hacia la tierra como un cordero para el sacrificio; que con una mordaza sobre su hermosa boca, impidan que dé gritos de maldición contra su propia casa, con la fuerza y el mudo ardor de un freno. Y en tanto sus ropajes se desprendían como azafranados tintes, desde sus ojos lanzaba dardos de compasión hacia quienes la inmolaban. Parecía intentar hablar y llamarlos por su nombre, de forma enternecedora, como en un cuadro.
Esquilo, Agamenón1Esquilo , Tragedias completas, J. Alsina Clota (ed. y trads.), Madrid, 2001, p.245 (traducción revisada).

 

En 1905, el año en el que Warburg pronunciaba su conferencia sobre “Durero y la antigüedad italiana” en Hamburgo donde formuló el concepto de Pathosformel, el historiador del arte Émile Bertaux, que entonces estaba en viaje de investigación por España, realizó una observación sobre la escultura de la iglesia románica de San Martín de Frómista que habría de dar lugar al descubrimiento de uno de los casos más fascinantes de Nachleben der Antike en la historia del arte:

 
L’artiste…a étudié des sarcophages antiques, pour y copier des figures entières, qu’il a laissées nues, et qui, dans les formes de leurs corps et dans le sourire de leur visage, font apparaître, au milieu des monstres barbares qu’elles combattent au chevauchent, une vision fugitive de la beauté oubliée.2E. Bertaux, “Sculpture chrétienne en Espagne dès origines au XIVe siècle”, en Histoire de l’art, A. Michel (ed.), vol. 2, pt. 1, París, 1906, p. 244.

 

Esa “visión fugitiva de la belleza olvidada” sirvió de guía para que Serafín Moralejo descubriese la obra concreta cuya presencia en Frómista Bertaux había intuido, un sarcófago romano decorado con escenas de la tragedia de Orestes que, durante la Edad Media, había sido reutilizado para un enterramiento cristiano en la cercana iglesia de Santa María de Husillos. Un día en torno al año 1088, como si se tratase de Goethe extasiado ante un Laocoonte animado por la luz de una antorcha, un artista medieval penetró en la penumbra de la iglesia de Husillos quedándose fascinado por la fuerza plástica de una tragedia petrificada que se expandía rítmicamente en cadencias quísticas. El memorable pasaje de Goethe nos devuelve la experiencia epifánica que se produce cuando se percibe la escultura iluminada por la luz vibrante y orgánica de las llamas:

 
Para comprender bien la intención del Grupo de Laocoonte, coloquémonos a distancia adecuada con los ojos cerrados ante éste y abramos y cerremos los ojos alternativamente y veremos todo el mármol en movimiento. De hecho, cada vez que abramos de nuevo los ojos nos parecerá que todo el grupo haya cambiado su posición. Yo diría que la posición que tiene ahora es como la de un relámpago fijado, como una ola petrificada en el momento en el que se aproxima a la orilla. Se produce la misma impresión cuando se ve el grupo por la noche a la luz de la antorcha.3J. W. Goethe, “Sobre el Laocoonte”, en Escritos de arte, Madrid, 1999, pp. 107-21.

 

Del extraordinario fenómeno artístico de pervivencia de la Antigüedad que se desencadenó cuando ese artista se inspiró en el modelo clásico para esculpir el asesinato de Abel en un capitel del ábside central de San Martín de Frómista, se puede decir que tuvo “su cuna en una tumba”, usando, si cabe con mayor precisión, la expresión que otros autores han aplicado al Renacimiento italiano debido a que fue en sarcófagos antiguos donde “los artistas…escrutaron…las fórmulas clásicas para representar la vida misma, esa vida en movimiento que sobrevivía como fosilizada en el mármol de los vestigios romanos”.4G. Didi-Huberman, La imagen superviviente, p. 79. En efecto, la convergencia de una serie de circunstancias históricas, políticas, estéticas y psicológicas hizo que las Pathosformeln del sarcófago de Husillos se reactivasen en numerosas ocasiones a finales del siglo XI cuando figuras de la tragedia griega como Orestes, Clitemnestra y Egisto emprendieron un nostos (regreso) trans-histórico reapareciendo transfigurados en los personajes bíblicos de Caín, Abel, Abraham o Isaac quienes, en monumentos claves del Camino de Santiago como la Catedral de Jaca y San Isidoro de León, dramatizan sus historias con la intensidad pathética de sus ancestros clásicos. A pesar de que carecemos de datos biográficos documentales sobre los escultores responsables de este fenómeno artístico, se podría decir que cada uno de ellos nos ha dejado su autorretrato delineado en sus magistrales creaciones dando testimonio de sus diversas relaciones con los fantasmas revividos de la Antigüedad. Replanteando la idea de Warburg de que “cada período tiene el Renacimiento de la Antigüedad que se merece”, Didi-Huberman ha propuesto que “cada período tiene las supervivencias […] que le son necesarias y, en un cierto sentido, le subyacen estilísticamente”.5G. Didi-Huberman, La imagen superviviente, p. 75. Pero los períodos no crean arte, lo crean individuos concretos inmersos en ese complejo entramado emocional de alegrías y penas, victorias y derrotas que da sentido y belleza a la odisea de la humanidad. En un momento de su vida, cada uno de los artistas que veremos a continuación, desde el escultor de San Isidoro de León, pasando por el “maestro de Jaca” y su “ritual de la serpiente” (ver episodio 3) hasta el mismo Picasso ante su Guernica, encontró en el sarcófago de Husillos su Antigüedad, un mundo de formas cautivadoras que contribuyeron a la creación de obras donde se materializan modos de Nachleben tan diversos como fascinantes.

FRÓMISTA: LA SANGRE DE ABEL

 

Tras haber sobrevivido casi intactos desde el siglo XI, gracias a haber estado cubiertos por una armadura de estuco en tiempos post-medievales, los dos desnudos heroicos de capitel de Frómista  fueron salvajemente martilleados cuando la pieza fue desmontada durante la restauración de la iglesia a principios del s. XX. Dos fotografías de la época podrían captar las consecuencias inmediatas del ataque. Todavía se ven esparcidos por el suelo lo que parecen ser fragmentos desprendidos de la escultura, propulsados hasta allí como consecuencia de los golpes laterales propinados por el iconoclasta. Curiosamente, martillo en mano, el atacante, en su violenta furia, habría reproducido la Pathosformel de Caín asesinando a Abel en el capitel, cayendo así en el pecado que condena su iconografía. A la tragedia de la destrucción de los dos desnudos se sumó la confusión creada por la copia “reconstruida” que sustituyó al original en el ábside de San Martín de Frómista, que muestra dos figuras desnudas erróneamente restauradas como un hombre y una mujer. Una fotografía del capitel tomada antes de su desfiguración demuestra claramente que el restaurador moderno, denunciado en su momento por estudiosos como Manuel Gómez Moreno por sus interpretaciones “imaginativas” de la iconografía medieval, realizó una torpe “reconstrucción genital” de lo que él creía que era una figura femenina, procediendo a inflar la zona genital e introducir una hendidura, creando una vagina donde no había nada más que el resultado de un tipo de rotura habitual en los desnudos masculinos, con el desprendimiento del pene, como había ocurrido, por ejemplo, con la figura de Orestes en el sarcófago de Husillos. Esta suma de destrucciones, y adiciones creativas, impidió a los estudiosos descifrar la iconografía del capitel y explorar, desde una perspectiva warburgiana,  cómo se produjeron las sutiles permutaciones, no sólo de la forma, sino también del significado iconográfico, centrado en los temas del crimen familiar y el sacrificio, que conectan el sarcófago de Orestes con su  descendencia románica.

El análisis del proceso por el que a las figuras del friso de la Orestíada se les asignaron nuevos papeles en su marco temático cristiano no deja lugar a dudas de que representa el asesinato de Abel. Caín adopta la pose del Orestes homicida, mientras la asustada nodriza del sarcófago se transforma en Abel intentando esquivar el golpe. Más sorprendente es la transformación sufrida por la figura de Egisto, que invierte su posición en el capitel para incorporarse a las filas de las fuerzas demoníacas que emergen del inframundo para castigar a Caín. Esta metamorfosis vino sugerida por el bíblico clamor de la sangre de Abel, que denuncia el fratricidio e induce a Yaveh a maldecir a su asesino:

 
Entonces el Señor preguntó a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” “No lo sé”, respondió Caín, “¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?” Y el Señor le dijo: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano está gritando hacia mí desde la tierra.
Por eso maldito serás de la tierra, que abrió sus fauces para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando la labres, no te dará sus frutos y andarás por ella fugitivo y errante” (Génesis 4: 9-13).

 

 

Para apreciar la brillantez con que se representa este episodio en Frómista, resulta instructivo compararlo con dos obras que ilustran aspectos diferentes del pasaje citado: un capitel de la Catedral de San Lázaro de Autun y un manuscrito anglosajón de comienzos del siglo XI conservado en la Bodleian Library de Oxford (MS. Junius 11, fol. 49). La escultura de Autun muestra el momento en el que Yaveh pregunta a Caín por su hermano, cuyo cuerpo desnudo yace escondido entre la vegetación, las piernas parcialmente visibles en el borde derecho en la cara frontal y el resto del cuerpo desnudo e inerte en la cara menor del mismo lado. El dibujo anglosajón recoge el momento posterior en el que la sangre de Abel denuncia el crimen a Dios, representada de forma antropomórfica como si Abel hubiese revivido “gritando desde el suelo”. Por su parte, el artista de Frómista, inspirado por el dramatismo narrativo de la escultura romana, crea una representación más dinámica que logra sintetizar, en un momento explosivo, el asesinato de Abel, el acto de denuncia de la sangre de éste y la maldición que le sigue, ofreciéndonos lo que es indudablemente una de las evocaciones más espectaculares de este tema en el corpus del arte medieval. Las Furias del sarcófago, que en la mitología clásica son seres específicamente encargados de vengar los crímenes donde se derrama sangre familiar, resurgen en el capitel inalteradas en su función y su significado, como si su infatigable carrera persecutoria las hubiese llevado de la época mítica a la bíblica en un viaje ininterrumpido. Esta continuidad iconográfica de las Furias corre paralela a su supervivencia textual en la cultura medieval, como se recoge en la descripción de las Etimologías de Isidoro:

 
Dicen también que las Furias son tres mujeres con cabellos de serpientes, como tres son las pasiones que provocan en el espíritu del hombre las mayores turbaciones. Y que a veces lo empujan al delito de forma que no le permite tener en cuenta ni su fama ni el peligro al que se expone: la ira, que ansía la venganza; la avaricia, que ambiciona riquezas, y la lujuria, que busca los placeres. Y se las denomina furias porque con sus aguijones hieren la mente y no la dejan en paz (VIII, 9, 95).6Isidoro de Sevilla, Etimologías, vol. 1, J. Oroz Reta y M. A. Marcos Casquero (eds. y trads.), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2000, pp. 734-735.

 

Al igual que en la tragedia griega, donde las Erinias (Furias) someten a Orestes a una persecución incesante sin límites geográficos, en el capitel de Frómista ejecutan la maldición de Dios a Caín: “andarás fugitivo y errante en la tierra”. En las siguientes obras inspiradas en el sarcófago de Husillos veremos cómo las Pathosformeln de sarcófago, imitando a las Furias en la tragedia clásica, fuesen siguiendo implacablemente el rastro de la sangre familiar hasta reaparecer, ya en el contexto de las guerras fratricidas del siglo XX, en Guernica de Picasso.

LEÓN: LA ICONOLOGÍA DEL INTERVALO

 

El timpano de la historia de Abraham de la Portada del Codero de San Isidoro de León (ca. 1100) es la obra románica que muestra una dialogo artístico más profundo, tanto formal como conceptualmente, con el modelo clásico. El Sacrificio de Isaac se dispone en su centro como punto de convergencia de dos ejes, uno vertical que resume la idea eucaristica de sacrificio estableciendo una relación tipológica con el Agnus Dei, y otro horizontal, que dramatiza la idea de genealogíaa y sus implicaciones en la historia de la salvación al desarrollar, en clave narrativa, el contraste entre los dos linajes de Abraham. De derecha a izquierda se suceden Sara, sentada ante una tienda de campafla contemplando la marcha de su hijo Isaac, al que vemos cabalgando hacia el monte Moriah; e Isaac, de nuevo, esta vez descalándose para pisar el terreno sagrado en el que va a tener lugar el sacrificio. Ocupa el centro del timpano Abraham en eI fatídico momento en que es detenido por orden divina. A su izquierda un ángel ofrece el cordero que habrá de reemplazar a Isaac. Cercana al ángel se encuentra la esclava y concubina de Abraham, Agar y su hijo Ismael, ambos representados, siguiendo el relato bíblico, errantes en el desierto de Berseba donde el niflo creció entre la naturaleza salvaje y se convirtió en arquero.

El espacio alargado del tímpano permitó al artista adoptar el friso del sarcófago de la Orestiada como plantilla compositiva, reproduciendo fielmente las poses y actitudes de cada una de las figuras que 1o integran. De derecha a izquierda vemos como la figura de Sara, extendiendo su brazo izquierdo hacia afuera mientras gira su cabeza en el sentido del relato, es una variación de la figura de Orestes en Delfos; Isaac desabrochándose la sandalia evoca la actitud del siervo en cuclillas; la figura de Abraham es una versión del Orestes central, como si recogiese por el pelo el cadáver de Clitemnestra, aquí transformada en Isaac; la disposici6n del ángel, que cruza su brazo derecho sobre el pecho para sostener el cordero repite la Pílades; y, finalmente, Agar descansa en una pose similar a la de la Furia dormida en el extremo izquierdo del sarcófago, con un brazo inclinado, formando una suerte de Y y el otro extendido a 1o largo de su cuerpo.

Además del diseño compositivo y de la disposición de las figuras, el artista de León muestra una magistral comprensión de las cadencias rítmicas del friso romano. En ambas obras, el acentuado centro quiástico desencadena una reacción cinética que se riza en secuencias onduladas.

 

 

Pero la comunión artística y conceptual más brillante entre el timpano y el sarcófago tiene lugar en un espacio vacío – el área cargada de tensión donde la mirada del verdugo encuentra la mano que trata de detenerlo. Vemos como la mano de la nodriza se transforma en la Mano de Dios que detiene a Abraham, en una traducción formal que equivale a una profunda reflexión visual, resumida en un único gesto, sobre la relación entre el homicidio ritual en el mito griego y el sacrificio bíblico. De esta forma, el friso de Orestes proporciona no sólo la matriz formal sino también la metanarrativa exegética del tímpano de León. Al igual que la mano de la nodriza, la mano elocuente de Dios interviene para denunciar el homicidio, pero deja de ser el gesto impotente de una sierva incapaz de detener el crimen para convertirse en la todopoderosa mano de la divinidad que interviene en el curso de los acontecimientos. En el tímpano, el sacrificio no es condenado con un reproche, sino detenido por decreto. No está contemplado en el marco moral de una respuesta emocional humana sino en el del incuestionable juicio del Padre. Es más, el modo en que, por su propia genealogía formal, dentro de la mano de Dios existe de alguna manera la de la nodriza, introduce un inesperado nivel de exégesis para el episodio bíblico – la constatación de que en el fondo de la orden divina, presumiblemente insensible, yace una consideración humana por las consecuencias del crimen.

Pero si esta acción de traducción artística invita a una reflexión sobre el contenido humano del sacrificio sagrado bíblico, facilita también una reflexión en sentido contrario, esto es, sobre la dimensión sagrada del homicidio en la tragedia griega. Como ha observado J.-P. Vernant, el sacrificio religioso en la tragedia griega parece ser una representación ritual vacía, artificial y carente de contenido, mientras que la verdadera dimensión sacra del sacrificio se encuentra, en cambio, en actos homicidas:

 
La forma habitual de comunicación entre los hombres y los dioses era el sacrificio, la invención de Prometeo. Pero no existen, en el mundo de las tragedias de Esquilo, sacrificios normales: por el contrario, todo sacrificio es “corrupto”…Cada intento de sacrificio es detenido…A su vez, de forma contraria, cada asesinato, bien sea de un hermano, de una hija, de una esposa, de un padre, es descrito como un sacrificio…En la tragedia griega, la norma se presenta sólo para ser transgredida o porque ya ha sido transgredida. Es en este aspecto, en donde la tragedia deriva de Dionisio, el dios de la confusi6n y la trasgresión.7J.-P. Vernant, “Aeschylus, the Past and the Present”, en Myth and Tragedy in Ancient Greece, New York, 1990, pp. 249 -272, esp. pp. 263-4.

 

El artista de León, al transformar la escena del matricidio del sarcófago en un sacrificio sagrado en el timpano, ha revelado la naturaleza sacrificial sacra contenida, como Vernant explica, en cada asesinado de la tragedia griega.

Es diffcil encontrar una materializaci6n más bella y compleja de lo que Warburg llamó “iconologia del intervalo”. Esta frase criptica, que aparece en su diario de 1929, ha sido interpretada en referencia a la estructura de montaje utilizada en el diseño de los paneles de Mnemosyne, los cuales, como apunta Philip-Alain Michaud, estaban destinados a generar significado a travás de la correlación entre las imágenes:

 
Esta iconología se basa, no en el significado de las figuras – el fundamento de la interpretación para los discípulos de Warburg, empezando por Panofsky- sino en las relaciones entre las figuras que se generan en su disposici6n compleja y autónoma, cuyo significado no puede reducirse a discurso.8P.-A. Michaud, Aby Warburg and the Image in Motion, pp. 251-2.

EL VELO DE TIMANTES Y LOS PANELES DE MNEMOSYNE

Es precisamente esta brillante comprensión de los significados generados en los intervalos y correlaciones entre las diferentes figuras (Pathosformeln) del sarcófago de Husillos por 1o que el artista de León sobrepasa a todos sus antecesores, y anticipa el diálogo de Picasso con las formas de este sarcófago, impresas en su memoria, cuando pintó el Guernica. Ciertamente, sólo si adoptamos una “iconologfa del intervalo” como estrategia analítica podremos descubrir la profunda reflexión sobre el concepto de sacrificio que se genera, exclusivamente a un nivel visual “que no puede ser reducido a discurso”, cuando comparamos el sarcófago de Orestes y el tímpano de León. El germen generativo en el centro de ese entramado exegético visual es el gesto trascendental de una mano que migra artísticamente recorriendo la distancia ontológica que separa al hombre y a Dios, erigiéndose, asi, en un brillante ejemplo de cómo Warburg, en palabras de Agamben, vio el gesto en el contexto de su proyecto “como un cristal de la memoria histórica…que se endurece y convierte en destino”.9G. Agamben, “Notes on Gesture”, en Means Without End. Notes on Politics, Minneapolis, MN., 2000, pp. 48-59, esp. p. 53.

 
Así también, al hablar, hay ciertas cosas que deben ocultarse, bien porque no deben revelarse, bien porque no pueden expresarse como merecen. Timantes […] ofrece un ejemplo de ello en el cuadro con el que obtuvo la victoria sobre Colotes de Teos. Representaba el sacrificio de Ifigenia, y el artista había plasmado una expresión de dolor en el rostro de Calcas y de pena aún mayor en el de Ulises, mientras que había dado a Menelao una agonía de dolor más allá de la cual su arte no podía ir. Habiendo agotado su capacidad de expresión emocional, no supo representar el rostro del padre [Agamenón] como se merecía, y resolvió el problema velando su cabeza y dejando su dolor a la imaginación del espectador.
Quintiliano, Institutio Oratoria 2:13

 

Comenzamos este episodio con el pasaje de Esquilo donde relata la inmolación de Ifigenia, sacrificada por orden de su propio padre, Agamenón, para apaciguar a Artemisa y conseguir vientos favorables para la navegación de la flota griega hacia Troya. Aunque, en última instancia, Ifigenia fue sustituida por un ciervo en el sacrificio (como Isaac lo fue por un cordero en el episodio bíblico), Clitemnestra la dio por muerta y, enfurecida, decidió usurpar el trono y tomar como amante a Egisto, para más tarde asesinar a Agamenón cuando regresó de la guerra. Estos son los acontecimientos que desatan el ciclo de crimen familiar, venganza y expiación que se representa en el sarcófago de Husillos, un ciclo que continúa, en historias bíblicas, en las obras románicas donde reemergen las Pathosfomeln derivadas de él. 

 

 

A través de Plinio, Cicerón y Quintiliano conocemos la historia de la creación del “velo de Timantes”, una célebre Pathosformel que surge por los esfuerzos de un artista para representar el Sacrificio de Ifigenia. Cuentan que el pintor Timantes de Sición, enfrentándose al reto de plasmar el dolor de Agamenón ante el sacrificio de su hija, decidió simplemente cubrir su rostro con un velo pues no habría dolor más grande que aquel que se dejaba libre a la imaginación del espectador. 

La historia del “velo de Timantes” es, precisamente, el tema que ilustra el frontispicio de uno de los textos seminales sobre la influencia de la Antigüedad, el tratado de Winckelmann Reflexiones sobre la imitación de obras griegas en pintura y escultura. El grabado, realizado por Adam Friedrich Oeser, representa a Timantes en el momento mismo en que está pintando a Agamenón quien aparece cubriendo su cara con el manto. Su figura parece salir del cuadro en forma de trompe l’oeil y habitar el mismo espacio que el pintor, como si se tratase de una Pathosformel que ha empezado a atravesar la barrera ontológica entre el arte y la vida. La transición abrupta de niveles de representación del grabado, desde los recesos de la pintura ficticia hasta el busto escultórico del primer plano le confiere el sentido compositivo de un collage que estuviese integrado por un montaje de fragmentos clásicos y Pathosformeln, casi como si se tratase de un panel de Mnemosyne. Así, colgado en un plano externo al campo pictórico, el famoso velo, en su función dual como símbolo que esconde y, a la vez, hace visible el profundo dolor que se encuentra en el centro temático y emotivo del cuadro, trae a la mente las telas negras con las que Warburg cubrió los paneles de Mnemosyne para transformarlos en pantallas sobre las que combinar las imágenes de su “cuento de miedo para adultos”. Si nos imaginamos que la tela que recubre los paneles de Mnemosyne contiene la esencia del velo de Timantes, podemos empezar a adentrarnos en la dimensión melancólica y atormentada del proyecto de Warburg.

Capítulos

Warburg 1923: Kreuzlingen y el ritual de la serpiente

Porter 1923: estrellas, telescopios y románico

Serpientes y renacidos: nacheleben der antike y la resurrección cristiana

Nostos: la cartografía del regreso

5. La creación: prometeo, pigmalión, narciso

6. Ave - eva: la ninfa y la cautiva

7. El despertar de endimión

8. Genealogía y sacrificio: la belleza de la tragedia y el velo de timantes

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